Exhala fuerte, El Caído,
desde lo alto por una oración perenne;
y del otro lado se despiden,
sobre lagos, chatarra y smok.
Sueño dorado que se tiñe de rojo,
del atardecer oculto en el parqueadero;
yo perdido, tan loco,
me despido del acento del milenio.
¿Qué humedal repararán,
para no contaminarme con tantos credos?
Del piso cincuenta,
buscando ser el mismo, alzo vuelo.
Solo en el templete puedo aterrizar,
con golondrinas, mirlos que huyen del estadio,
rogando una vez más,
por esos metropolitanos que se matan tanto.
Vuelve y sube de rodillas,
este viacrucis, que el Señor soporta diario.

 

Niorv Ogrin

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